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Mark Spitz hizo historia ganando siete medallas de oro

Múnich 1972: el terrorismo no puede con la llama olímpica

Escrito por Nacho Pérez

Viernes, 29 Julio 2016 20:23
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La bandera olímpica, a media asta, con la bandera israelí al fondo.

En pleno contexto de Guerra Fría y con el muro de Berlín dividiendo Alemania, se celebró en Múnich (la parte occidental del país germano) la XX edición de los Juegos Olímpicos entre el 26 de agosto y el 11 de septiembre.

Estos Juegos fueron los segundos que albergó Alemania tras los celebrados en Berlín en 1936 bajo el régimen nazi. Fue por tanto entonces  edición en la que trató la sociedad alemana de lavar su deteriorada imagen tras la II Guerra Mundial a pesar de que la Guerra Fría la volvía a poner como protagonista del ajedrez mundial. Los ataques terroristas acaecidos el 5 de septiembre, en plena celebración de los Juegos, empañaron a esta edición que será recordada por siempre por estos lamentables hechos que se cobraron la vida de doce personas.

El proceso de selección

La elección de Múnich como sede olímpica trajo consigo la primera decepción madrileña. La capital española aún presidida por el régimen franquista se presentó por primera vez como candidata para albergar unos Juegos y sólo fue superada en la votación por la ciudad bávara, que dobló los votos de Madrid. Desde entonces, la ciudad española se ha presentado en cuatro ocasiones como candidata olímpica (1972, 2012, 2016 y 2020) sin conseguir hacerse con unos Juegos.

La masacre de Múnich

Los Juegos de Múnich fueron utilizados, con el altavoz mediático que suponen, por ocho terroristas palestinos para asesinar a dos atletas israelíes y retener a nueve más para pedir la excarcelación de más de 100 presos palestinos.  Los hechos tuvieron lugar el 5 de septiembre cuando los ocho miembros del grupo terrorista Septiembre Negro irrumpieron en la villa olímpica reteniendo a once miembros de la delegación olímpica israelí. Dos de los rehenes se resistieron y fueron asesinados.

Los terroristas planearon huir en avión con los rehenes al día siguiente. La policía alemana pretendía detenerlos allí pero la operación no salió bien y tanto los rehenes como cinco de los ocho terroristas fallecieron así como un policía.  Estos incidentes provocaron la suspensión, por un día, de las distintas competiciones, pero tras resolverse todo, Avery Brundage (que dirigió por aquel entonces sus últimos Juegos como presidente del COI) decidió que los Juegos se continuasen celebrando con normalidad organizando un homenaje en el Estadio Olímpico de Múnich a las víctimas del terrorífico atentado. Algunos deportistas decidieron por aquel entonces abandonar la Villa Olímpica.

La leyenda Spitz

Si los Juegos de Múnich dejaron algún protagonista deportivo, éste fue sin ninguna duda, Mark Spitz. El nadador estadounidense estableció el récord del mundo al conseguir hacerse con siete medallas de oro batiendo además las marcas en siete pruebas. No eran estas las primeras preseas con las que se hacía puesto que cuatro años antes, en México, ya había conseguido dos. Spitz, judío de confesión, meditó abandonar los Juegos tras los atentados del día 5 por poder convertirse en un objetivo potencial de los terroristas, pero finalmente se quedó en Múnich protegido por militares estadounidenses.

Nadie consiguió batir el récord de Spitz hasta que Michael Phelps llegase en 2008, en los Juegos de Pekín, a ganar ocho medallas de oro.

La Guerra Fría se traslada al baloncesto

En Múnich se produjo la única derrota de la selección estadounidense de baloncesto masculino en una final de unos Juegos Olímpicos. Este histórico partido no estuvo exento de polémica. La Unión Soviética fue el rival del equipo norteamericano en un encuentro para el recuerdo.

Los soviéticos ganaron el partido por un solo punto (51-50) A diez segundos del final del partido, Estados Unidos vencía por un punto cuando la Unión Soviética pone en juego rápidamente el balón con un segundo en el contador pero los árbitros paran el ataque, haciendo caso a las protestas de los soviéticos, que pedían que su entrenador, Vladimir Kondrashin, había pedido tiempo muerto entre el primer y el segundo tiro libre que supusieron la ventaja norteamericana. Así pues, tendrían una posesión de tres segundos para lograr la canasta de la victoria.

De esta forma, los árbitros dan a los rusos otra oportunidad de ataque. Estos mueven rápido, lanzan el balón arriba, pero no anotan y la bocina suena, señalando el final del partido. Entonces se produce una invasión de campo por parte  del banquillo americano, que llora y se abraza. Pero en medio de la celebración, los soviéticos protestan y el Secretario General del Comité Olímpico, William Jones, baja del palco a la mesa de anotadores y señala que se ha de repetir la jugada con los tres segundos. Los árbitros mandan despejar la pista y hacen repetir el saque. El árbitro le da el balón entonces al jugador soviético Ivan Edeshso ante la incredulidad de los estadounidenses para que éste saque de línea de fondo. Edeshko lanza un pase alto que traviesa toda la pista. Entonces, Aleksander Belov salta más que sus dos rivales, se deshace de ellos y, sólo, consigue anotar, dejando el marcador final en 51-50 favorable a los soviéticos.

La Unión Soviética domina en el medallero

La Unión Soviética consiguió al término de los Juegos 99 medallas (50 de oro) mientras que los Estados Unidos se hizo con 94 (33 de oro). Los anfitriones de Alemania Occidental finalizaron como cuartos clasificados con 40 medallas (13 de oro)  por detrás de sus vecinos alemanes que acabaron con 66 medallas (20 de oro).

La gimnasta soviética Olga Korbut, el atleta Valery Borzov, el australiano Shane Goud o el americano Dave Wottle fueron otros de los atletas destacados de estos Juegos en los cuales se estrenó el piragüismo en eslalon y volvieron el balonmano y el tiro con arco. Además el bádminton y el esquí acuático fueron introducidos como deportes de exhibición.

La polémica final de baloncesto masculino

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